HACIA UNA RECONSTRUCCIÓN DEL PACTO SOCIAL: EL IMPERATIVO ÉTICO FRENTE A LA INSTRUMENTALIZACIÓN DEL QUEHACER POLÍTICO 

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El debate contemporáneo sobre la coexistencia entre la praxis política y los marcos axiológicos ha vuelto a situarse en el núcleo del análisis iurisdictio. A pesar de los avances doctrinales que fundamentan la organización del Estado, persiste una preocupante tendencia sectorial que pretende disociar marcadamente la política de la ética. Desde una perspectiva jurídica, esta pretendida separación se traduce en una vulneración de los principios de convivencia moral y el debilitamiento del bloque de constitucionalidad que sostiene el sistema democrático. Quienes asumen el ejercicio del poder como un pasaporte de impunidad incurren en una desnaturalización de sus facultades, desplazando la búsqueda del bien común para priorizar objetivos particulares sin asumir responsabilidad alguna, desarmando los vínculos de confianza y quebrantando las buenas prácticas sociales que el ordenamiento legal busca tutelar. 

Este desvío doctrinario genera un permanente atentado contra la democracia y la institucionalidad, socavando los axiomas de respeto y la fe en los acuerdos que constituyen la base de la seguridad jurídica. En el ámbito del derecho público, la política es fundamentalmente un ejercicio constante de intercambio de pareceres cuyo horizonte principal es la prosperidad social. Por consiguiente, considerar dicha labor como un mero instrumento para usufructuar y acumular riqueza personal indiscriminadamente configura una conducta antipolítica y una transgresión al pacto social básico. Son precisamente estas malas prácticas las que corroen la sana convivencia, olvidando que el fin supremo de la organización jurídica y estatal es garantizar que los seres humanos alcancen una vida digna, honorable, respetuosa, con total libertad de pensamiento y plenitud. 

La arquitectura del poder y los sistemas de distribución de competencias han consensuado que la democracia es el mecanismo idóneo para alcanzar una existencia plena. En este contexto, la defensa del juego democrático no es una prerrogativa exclusiva de los actores políticos profesionales, sino una obligación cívica que atañe a todos los ciudadanos, quienes deben ejercer una vigilancia constante sobre el poder y la distribución de los recursos. Cabe precisar que, si bien la praxis política no cuenta con leyes penales, articulados específicos o un texto normativo explícito en el material examinado para sancionar de forma directa estas conductas, la doctrina y la filosofía del derecho determinan que la ética es el eje estructural e indiscutible de toda actividad pública. Cuando se prescinde de ella de manera premeditada, se activa una alarma institucional que exige no solo una declaración retórica, sino la incorporación de la probidad como un modo de vida indispensable para la viabilidad de la nación. 

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