La Bolsa de Valores de Lima ha protagonizado un retorno de entre los muertos tras el martes negro que dejó a los inversionistas tiritando de pavor. En una jornada marcada por la volatilidad extrema y el olor a pólvora proveniente del Medio Oriente, el parqué limeño logró revertir su tendencia suicida gracias a un rebote técnico que parece más un milagro financiero que una consecuencia lógica del mercado. Los metales preciosos, actuando como el último refugio de los capitales aterrados, inyectaron una dosis de adrenalina a la plaza local, permitiendo que el Índice General escalara un 0.89% hasta los 55,682.94 puntos, mientras el índice MSCI Nuam Peru Select Capped 15% apenas lograba mantenerse a flote con un avance del 1.10%.
Este frenesí especulativo ocurre bajo el amparo de la Ley 26117, Ley de Mercado de Valores, cuya última gran modificación estructural fue aprobada el 30 de diciembre de 1996 y promulgada el 31 de diciembre del mismo año, estableciendo el marco de legalidad para estas operaciones de alto riesgo. En este escenario de incertidumbre, se recordó que lo que se aprobó en aquel entonces fue la liberación de los mecanismos de intermediación y la protección contra el fraude sistémico, definiendo conceptos jurídicos clave como la Transparencia del Mercado, que obliga a la difusión oportuna de información que afecte los precios, y la Responsabilidad Solidaria de los agentes de bolsa ante perjuicios causados por dolo o negligencia en la ejecución de órdenes de compra y venta.
En el mercado cambiario, el billete verde sufrió una humillante derrota al retroceder frente a la moneda nacional, cerrando en un 3.41 soles. El Banco Central de Reserva intervino en la psique del mercado, permitiendo que el sol se apreciara un 1.46%, dejando atrás el fantasma de la devaluación que acechaba a los bolsillos peruanos apenas veinticuatro horas antes. Por ahora, los especuladores celebran sobre un suelo de cristal, sabiendo que, en el derecho bursátil, el riesgo de pérdida es una cláusula implícita que nadie puede ignorar.



